LA TRANSICIÓN DEL DISCURSO CIENTÍFICO

Julio Olalla Mayor, Master Coach.
Newfield Network
Escuela Internacional de Coaching Ontológico
Pte. Honorario de la FICOP
2017

Necesitamos una epistemología que sea potencialmente  capaz de tomar en cuenta las increíbles habilidades instintivas de los animales, los misteriosos rompecabezas de la evolución, las impresionantes formas de las flores y, por encima de todo, el misterio de la conciencia y el espíritu humano.

Willis  Harman, Elisabeth Sahtouris

Uno de los regalos invaluables que el pensamiento científico nos ha dado es un método riguroso de evaluación de nuestras inquietudes con base en evidencia y argumentos racionales. Tan sólo con regresar a inicios del siglo XVII encontraríamos un mundo en donde lo que se considera verdadero, correcto o justo está determinado no por la razón, sino por la autoridad de figuras clásicas como Aristóteles y Platón, los poderes seculares del gobierno y, sobre todo, de la Iglesia.

Nos tomó casi dos siglos para que el método científico de explicación y justificación, basado en la integración de un hecho empírico con un argumento racional, emergiera como la regla general para establecer el conocimiento y la verdad. El triunfo de este modo científico de pensar nos libró de nuestra dependencia ciega de la autoridad como único fundamento para nuestras creencias y convicciones. En consecuencia, también nos libró de lo que estaba incluso fuera del poder de la autoridad, es decir, de la mera superstición. 

Como ha argumentado el pensador Ken Wilber, el ascenso de la ciencia también ha servido para enfatizar la validez del mundo material. Desde sus inicios, el Cristianismo proclamó valores que se encontraban en el más allá, insistiendo en que este mundo no era más que un lugar de sufrimiento, un “valle de lágrimas”. El progreso de la ciencia y su forma de pensar ayudaron a contrarrestar esta idea. La ciencia nos dice que el mundo físico es real, reconocible, y puede ser mejorado. La noción proveniente de la Ilustración de que los individuos tienen el derecho de buscar su felicidad en esta vida, y no sólo en la vida después de la muerte, está claramente enraizada en la visión confiada y optimista de la ciencia hacia el mundo material. Una de las verdades irrefutables de la condición humana es que tenemos cuerpos físicos con su propio potencial para estar sanos, contentos y sentir placer.  

Podemos también reconocer en el discurso científico el valor de una forma de pensar de uso casi universal. Hay un amplio consenso hoy en día en que tratar temas, resolver problemas y conseguir conocimientos se hace a través de la combinación de hechos empíricos y argumentos racionales. Sin este acuerdo social de reconocer la validez de formas de explicación y justificación empírico-racionales tendríamos una vez más que recurrir al poder de decisión arbitrario de la autoridad, la tiranía (incluyendo la tiranía de la opinión de la mayoría) y la superstición para decidir cómo debemos vivir, quiénes somos y qué posibilidades podemos permitirnos. 

Finalmente, reconozcamos los enormes beneficios que nos ha traído la ciencia. La medicina moderna, junto con una mejor nutrición conseguida gracias a grandes mejoras en la producción agrícola y a la mejora en las condiciones sanitarias, ha resultado en una expectativa de vida que alcanza el doble de lo que era antes. Por su parte, la ciencia médica ha mejorado notoriamente nuestra salud en general al proveernos con tratamientos seguros y efectivos y, en algunos casos, incluso curas para enfermedades que causan gran dolor. Por ejemplo, el mortal azote de la viruela ha sido eliminado del todo. La ciencia también nos ha alertado sobre algunas de las formas en que estamos dañando seriamente el medio ambiente, dando un sólido apoyo al movimiento ambientalista. Tenemos mucho que agradecer e incluso mucho por lo que estar esperanzados mientras nos movemos hacia el futuro. 

En realidad hay una serie de señales esperanzadoras. Aunque un capitalismo súper competitivo e individualista nos ha llevado a sobreexplotar nuestras selvas y océanos, envenenar el suelo y degradar la belleza de la naturaleza, en respuesta ha emergido en los últimos años un movimiento ambiental dedicado y vital que está comenzando a restaurar el sentido antiguo de la humanidad de respeto y de pertenencia hacia la Tierra.

Ahora vamos a enfocar nuestra atención en el carácter racionalista del pensamiento científico y su penetrante influencia en la cognición (facultad de conocer a partir de la experiencia, la subjetividad y la percepción) individual y social.

 

Nuestro Sentido Común heredado de la Ciencia

Ya hemos notado cómo el pensamiento científico, apoyado por el poder que la Ilustración dio a la razón por encima de la fe y de la autoridad, y por sus propios e impresionantes logros tecnológicos, se ha transformado en el modelo base del pensamiento considerado correcto. Y para este momento ya está tan profundamente arraigado en nuestra vida que se ha vuelto virtualmente invisible para nosotros. Simplemente es la forma en que pensamos, es decir, es ahora una parte esencial del discurso en que vivimos y de nuestro sentido común.   

Conscientemente o no, basamos muchos de nuestros juicios cognitivos en este modelo de sentido común científico. Juega un rol muy importante para nosotros al determinar qué existe y qué no (las mesas y las sillas, sí; los ovnis y los fantasmas, no); cuáles son nuestras creencias (creer en muebles es normal, en ovnis es “raro”) y la forma en que basamos nuestras creencias (utilizando la razón junto con la evidencia de los sentidos y no recurriendo a conocimientos especiales como la intuición, por ejemplo). 

Nótese que el sentido común científico no coincide necesariamente con la práctica científica moderna. La física cuántica ha generado un conocimiento que desafía a la física clásica y nos mete de lleno en un mundo interpretativo fantástico del Universo, como lo veremos más adelante en este capítulo, pero esos nuevos descubrimientos científicos no han llegado todavía a ser asimilados por el sentido común. Podemos afirmar que nuestro sentido común tiene sus raíces en la ciencia del siglo XIX más que en la de los siglos XX y XXI.

 A la vista de estos datos, sería razonable buscar en la ciencia cotidiana —que nos dice que el conocimiento y la verdad deben estar basados en una mezcla entre evidencia física y argumento racional— nuestro modelo base de pensamiento. Las demás alternativas (creencia irracional, aceptación de la autoridad y pura superstición) resultan en realidad muy poco atractivas. Pero ahora tenemos un problema, y es que las cosas no son tan sencillas. La ciencia ha expandido sus teorías de forma significativa, rebalsando sus fronteras más allá de su mundo para convertirse en parte de nuestro sentido común en general. 

La Ciencia como Arbitro de lo Real

 Sin duda un evento clave fue el triunfo, luego de una lucha amarga, de la visión de la Humanidad de Charles Darwin. Al aceptar su teoría de la evolución, pasaría a ser trabajo de la ciencia, y no de la religión ni la fe, decidir cuál es el lugar de la Humanidad en el esquema general de las cosas. A partir de ese momento hemos viajado a un lugar donde la ciencia está en gran parte aceptada como el árbitro de otros dominios, aparte del puramente material, para guiarnos con respecto a lo que es real y cómo explicarlo.

El materialismo y el reduccionismo minucioso de la ciencia ahora son aplicados a todos los campos de la experiencia humana, incluyendo emoción, psicología, espiritualidad y cultura. En principio, todo puede ser explicado en términos de movimiento de átomos en el vacío, y lo que quede por explicar debe ser tomado como mera superstición. Este tema está expresado muy directamente por Steven Weinberg, físico laureado con el Nobel, en su libro Sueños de una Teoría Final. “Cuanto más comprensible parece el Universo, tanto más sin sentido parece también”, dice Weinberg.

Al otro lado del espectro hay oponentes del reduccionismo que están horrorizados por lo que ellos sienten que es una ciencia moderna desoladora. Ellos se sienten minimizados por todo lo que pueda ser reducido a partículas y campos y a la interacción entre ellos. Yo no intentaría responder estas críticas con una charla motivadora sobre las bellezas de la ciencia moderna. La visión reduccionista del mundo es fría e impersonal. Se supone que debe ser aceptada como es, no porque nos guste, sino porque tiene el poder de mostrarnos cómo funciona el mundo realmente.

Dado su antagonismo histórico hacia la autoridad religiosa, no resulta sorprendente que la ciencia se muestre reacia a aceptar temas espirituales como la existencia de ángeles, la vida después de la muerte, e incluso la idea de una creación con propósito. Pero, como nos sugiere la cita de Weinberg, la ciencia también busca desacreditar explicaciones comunes o tradicionales sobre otros dominios de la experiencia humana. Por ejemplo, la personalidad es explicada por la ciencia a través de factores genéticos y no en relación a factores psicológicos como interacción social y crianza. Los sentimientos como gratitud, miedo, ansiedad, alegría y codicia se ven reducidos a ciertas combinaciones de químicos en el cuerpo y el cerebro. Patrones culturales de comportamiento tales como diferentes actitudes sexuales relacionadas con género, matrimonio, trabajo o éxito, entre otros, ya no son preocupaciones delegadas a antropólogos y psicólogos sociales, sino que deben ser explicados por biólogos sociales con base en la evolución determinada genéticamente.  

Mucho de esto, por supuesto, es aún controversial. Pero tal es el prestigio alcanzado por la ciencia y el pensamiento científico que prácticamente todas las cuestiones concernientes a la experiencia humana que no pueden ser rigurosamente comprendidas a través de la ciencia son vistas como sospechosas. Y es por esto que quienes se preocupan por estas cuestiones, generalmente profesionales como psicoterapeutas, trabajadores sociales o incluso consejeros espirituales, tienden a estar a la defensiva.

El resultado de esta tendencia es una significativa limitación de lo que es aceptado como una experiencia genuinamente humana. No solamente las experiencias espirituales, sino también intuitivas, estéticas, kinestésicas y síquicas se ven intervenidas por la fulminante mirada del materialismo, del reduccionismo y del escepticismo científico.

Consideremos algunos ejemplos. Supongamos que me encuentro observando un atardecer particularmente bello. En ese momento, no me digo a mí mismo: “Estoy mirando al cuerpo celestial que reside en el centro de nuestro sistema planetario a X distancia de la Tierra”. Ver este atardecer toca una dimensión de quien soy. Algo me sucede en ese momento. Ahora, esto puede ser analizado científicamente a nivel fisiológico, podríamos decir que mis glándulas están secretando a un nivel mayor del normal, mi presión sanguínea está subiendo a cierto nivel y demás. Estos cambios están, en efecto, sucediendo. Sin embargo, al mismo tiempo hay algo en mi experiencia que no ha sido capturado en esta descripción. ¿Qué hago yo con esa experiencia? ¿Acaso la desecho como experiencia y como fenómeno? Seguramente no, pero mucha gente sí comete el error de desestimar esta otra dimensión por ser subjetiva y, por tanto, le otorga un menor valor.

De forma similar, ¿qué me pasa cuando escucho una canción o alguna sección favorita de una sinfonía, y todo mi cuerpo comienza a vibrar y, además, siento cómo surgen emociones de excitación o exaltación o nostalgia? De nuevo, si quiero dar una explicación completa de esto, ¿cómo lo hago? ¿Cómo reduzco tal respuesta a un pasaje musical? ¿Digo que una nota simplemente activó una respuesta en una célula, y ésta en otra? 

O, para mirar un ejemplo menos mundano, ¿qué pasa cuando me siento en una comunión mística con toda la humanidad?; ¿acaso acepto el rechazo científico de esta experiencia sólo porque no puedo analizarlo en términos meramente materialistas y reductivos? El problema es que si lo vemos de este modo perdemos la imagen completa, perdemos la capacidad de tomar seriamente varias dimensiones vitalmente significativas de la experiencia humana, en particular, en términos de estética y espiritualidad. 

Veamos otro ejemplo que muestra el escepticismo científico: en los años 70 y 80, varias agencias estadounidenses, incluyendo la CIA, la Agencia de Inteligencia de Defensa, el Consejo Nacional de Seguridad y la NASA, secretamente invirtieron millones de dólares investigando la visión remota.

La visión remota se basa en el potencial de los seres humanos para recibir información detallada sobre un objetivo distante, usando solamente su mente.  Eso comprende la habilidad de sentir (ver, escuchar, oler) cosas, eventos y gente en espacio y tiempo remotos. Según los estudios, siguiendo una serie de protocolos y tras un entrenamiento, muchas personas pueden percibir síquicamente cualquier información precisa sobre sitios remotos.

 El programa, llamado Project Stargate, produjo resultados espectaculares. ¡Visualizadores remotos entrenados fueron capaces de describir con detalle el interior de fábricas de armas soviéticas que eran inaccesibles a satélites espías, estando a 16.000 kilómetros de distancia! También probaron que es posible viajar hacia el futuro y hacia el pasado usando las mismas técnicas de visión remota. Pero fue tal el nivel de escepticismo de la comunidad científica ortodoxa en general que el proyecto fue cancelado bajo el pretexto de que el gobierno estaba invirtiendo dinero de impuestos en una investigación fraudulenta o “extraña”.  

Más generalmente, la ciencia se ha mostrado reacia a aceptar advertencias de personas que han reportado de alguna manera “saber” intuitivamente que cierto evento iba a ocurrir (un accidente aéreo, por ejemplo) o que un amigo o familiar acababa de morir, y experiencias similares. La misma lógica se aplica a experiencias cotidianas como sentir que alguien nos mira fijamente, o que nuestros gatos o perros manifiestan de algún modo saber que estamos llegando luego de un viaje largo.

Recuerdo claramente un acontecimiento de este tipo que me ocurrió cuando estaba de vacaciones en Tunquén, en el centro de Chile. Yo estaba alquilando una casa, y la dueña nos informó que regresaría el último día de la renta para recibir la casa de vuelta. Dos semanas después, temprano en la mañana de nuestro último día, un pequeño perro negro entró a la casa y simplemente se acostó en el sofá para nuestra completa sorpresa, pues nunca lo habíamos visto antes. No sabiendo de dónde venía, gentilmente lo sacamos de la casa y se quedó esperando justo fuera de la puerta de entrada.

Cuatro horas después, la dueña de la casa llegó y nos informó que el perro era suyo. Había dejado al perro en la casa de un amigo, distante unos 5 ó 6 kilómetros, y estaba sorprendida de que el perro estuviera allí. Y, sin embargo, nunca habíamos visto al perro hasta ese día. Realmente parecía que el perro de alguna forma sabía que su dueña iba a llegar ese día.          

El biólogo inglés Rupert Sheldrake ha estudiado tales fenómenos de manera extensa, demostrando que este tipo de comportamiento es típico de ciertos animales domésticos. La conclusión de Sheldrake es que tales fenómenos —y comportamientos análogos como los patrones migratorios de varias especies de aves— son una manifestación clara de conexión de un tipo que aún no podemos explicar. Estamos conectados de más maneras de las que estamos conscientes, y esto parece ser la base de cierto conocimiento intuitivo según el cual tenemos la sensación de saber algo sin ser capaces de decir de dónde viene este conocimiento. Por supuesto, esto desafía nuestra comprensión científica tradicional, ya que no parece haber ningún medio físico de conexión del tipo que la ciencia exige. 

Un amigo me relató recientemente algo que le ocurrió: “Mi hijo es un joven músico, actividad que lo obliga a muchas actividades nocturnas. Yo estaba acostumbrado a su ausencia en esas horas, pero hubo una noche en que me sentía inquieto. No había ninguna razón particular para ello, y sin embargo sentía que algo andaba mal. Lo llamé a su celular y le envié varios mensajes de texto, sin respuesta. Eso en sí mismo no era preocupante, pues en sus ensayos o conciertos frecuentemente apagaba su teléfono. A las 2 de la mañana mi inquietud se había convertido en alarma y tomé la decisión de ir a buscarlo. Aunque no tenía ni la menor idea de dónde podía estar, algo me decía que debía ponerme en movimiento. Salí a las calles en mi auto, tomé una avenida (como pudo ser cualquier otra) y 15 cuadras más adelante me topé con él. Cuando lo vi estaba sentado en la vereda. Estaba pálido. Se sentía muy mal. Cuando me vio parecía como ido. Me pareció extraño, pues él odia el alcohol y la droga. Cuando me vio no podía creerlo. Yo tampoco entendí —y hoy sigo sin entenderlo— cómo llegué justo donde él estaba. Se había intoxicado con un alimento y necesitaba atención médica”.

¿Qué tanto de todas las variedades de experiencia humana se dejan de lado e incluso se rechazan simplemente porque parecen no coincidir con las presunciones fundamentales del sentido común de la ciencia del siglo XIX? ¿Qué tanta información nos perdemos por estar fuera de los límites aceptables del conocimiento? No solamente nos estamos negando a cierto tipo de experiencias, sino que además estamos oponiendo resistencia a lo que éstas pueden enseñarnos y, por tanto, estamos restringiendo nuestro rango de posibilidades de aprendizaje. Seguramente la inigualable riqueza que es la experiencia humana requiere muchos tipos de aprender, de conocer y de comprender.

Además de invalidar o devaluar áreas enteras de los fenómenos humanos, la ciencia también se niega a tratar con la conciencia. Dentro de la mentalidad del pensamiento cartesiano, la ciencia occidental asume que únicamente dentro de la mente humana se encuentra la conciencia. Y como el propósito se toma como una función que únicamente puede pertenecer a la mente, todo lo demás, al encontrarse carente de conciencia, también carece de propósito.

El filósofo húngaro-inglés Michael Polanyi señaló algo que coincide plenamente con lo que acá decimos: “En los días en que podía silenciarse una idea diciendo que era contraria a la religión, la Teología era la mayor fuente de falacias. Hoy, cuando todo pensamiento humano puede desacreditarse calificándolo de no científico, el poder ejercido previamente por la Teología ha pasado a la Ciencia; así, la Ciencia ha llegado a ser, a su vez, la mayor fuente de errores. Las destrezas humanas, los prejuicios y las pasiones no son defectos, sino que representan un papel importante y necesario guiando el descubrimiento y la validación”.

Este filósofo ha calificado como un error el hecho de que el método científico otorgue la verdad de manera automática al científico, pues considera que todo el conocimiento es personal (de un observador, diríamos nosotros) y, por tanto, depende de suposiciones falibles.

 

Los Límites de Nuestro Sentido Común Científico

Como ya hemos enfatizado, nuestra intención no es denigrar a la ciencia, sino más bien establecer más claramente el rango y los límites de nuestro discurso científico. Haciendo esto podemos comprender mejor no solamente el rol que la ciencia puede y debería tomar de forma útil al dar forma a nuestra forma de pensar acerca de nosotros mismos como seres humanos, sino también cuáles son sus limitaciones intrínsecas. Con este objetivo en mente, vamos a examinar dos presunciones básicas en las que se basa la ciencia.  

  1. a) La ilusión de neutralidad y primacía epistemológica de la Ciencia

De todas las declaraciones de nuestro sentido común científico, ninguna es más poderosa y fundamental que su presunción de neutralidad y primacía epistemológica. La ciencia es supuestamente imparcial en su búsqueda por la verdad. Evitando recurrir a la fe religiosa, a la autoridad o a la motivación emocional, avanza a través de razonamiento lógico y hechos empíricos, aparentemente dejando poco campo para que sea cuestionada. Como Voltaire recalcó secamente, “no hay sectas en la geometría”.

Nuestro sentido común científico proclama una infalibilidad de una manera normalmente reservada por la religión solamente al Papa. De hecho, aparentemente va incluso más allá que la Iglesia, pues mientras ésta basa sus doctrinas en la fe, la ciencia nos hace creer que trata únicamente con la verdad objetiva, es decir, con las cosas como realmente son.

Esta invulnerabilidad a la crítica toma dos formas principales. Primero, al sugerir que no se equivoca nunca, nuestro sentido común nos señala que un eventual error de la ciencia solamente puede ser detectado o corregido a través de alguna aplicación posterior del método científico en sí. Es, por tanto, inmune a la crítica de reinos epistemológicos como la estética, la intuición o la espiritualidad.   

Segundo, nuestro sentido común científico supuestamente excluye cualquier injerencia de la emoción, lo cual nos lleva a pensar que es por tanto libre del prejuicio humano. La presumida universalidad de la razón nos asegura que sus argumentos no favorecen a ningún individuo o grupo social. El mensaje que todo esto nos da, finalmente, es que la ciencia se ve a sí misma como una forma de saber que está por encima de fuerzas sociales, espirituales o emocionales.    

Como resultado hemos dejado de cuestionar el estatus de la ciencia y la verdad científica casi por completo. Simplemente aceptamos a la ciencia como es porque no vemos ninguna forma de desafiarla. Y el increíble éxito de la tecnología moderna no ha hecho más que reforzar esta situación: la ciencia y la postura científica hacia la verdad están tan profundamente arraigadas en nuestro sentido común que prácticamente se han vuelto invisibles de una forma tal que no nos permite ver hasta qué punto forman parte de nuestra reflexión sobre lo que significa ser humanos.

Dado el precio que evidentemente pagamos por dar a la ciencia un poder tan grande como el de determinar lo que aceptamos como la verdad, ¿tenemos alguna manera de desafiar la inmunidad autoproclamada de la ciencia a la crítica y a la evaluación? Yo creo que la hay. De hecho, las presunciones metodológicas de la ciencia parecen estar seriamente equivocadas en varios aspectos. Una vez que los tengamos claros podremos abrirnos a otras posibilidades cognitivas, preservando al mismo tiempo lo que es bueno y útil del pensamiento científico moderno.   

Antes que nada debemos revisar nuestra creencia común sobre la supuesta neutralidad de la ciencia. Operando con base en razón y hechos, y rechazando todo argumento que tenga que ver con emociones, la ciencia parece asegurarse a sí misma una libertad de prejuicio que ninguna otra forma de conocimiento se atribuye. Internamente, dentro de los confines estrictos de las teorías y los experimentos, puede que sea así, al menos en principio. Sin embargo, en un contexto más grande vemos que no funciona de la misma manera. De hecho, la ciencia opera a partir de dos actitudes que prevalecen en todos sus movimientos: control y certeza. Ya que ninguno de los dos puede justificarse a sí mismo, tenemos derecho a preguntarnos a qué propósito sirven, y si operar desde otras actitudes sería posible e incluso igual o más valioso.

Señala el filósofo argentino Enrique Marí que “cuando Otto Hann descubrió en 1938 la fisión del uranio que condujo en última instancia a la bomba atómica, atravesó por tres etapas. En la primera, al bombardear con neutrones el núcleo atómico más pesado, el del uranio, su preocupación básica estaba orientada al conocimiento. En la segunda, tuvo la voluntad de acceder a una aplicación revolucionaria: el acceso a una fuente energética, con una cascada de fisiones, liberando cantidades de energía inagotables. Esta fue ya una etapa "positiva" de aplicación y no remitida a la sed de conocimientos. En la tercera, se le abrieron dos vías distintas: una que conducía a un reactor atómico, la otra a la bomba atómica. No está aquí el subproducto fortuito, inesperado, de una investigación orientada al conocimiento, sino una investigación gigantesca con el fin de fabricar la bomba y ninguna otra cosa”.

En otro ejemplo, indica que “el empleo de la clonación en la raza humana, ya sea con la posibilidad de crear Einsteins o Frankensteins, escapa a la tradición humanista, además de no ser segura a largo plazo. La vida ha evolucionado en un delicado balance cuyos equilibrios entendemos sólo oscuramente. Reemplazar criaturas (e incluso vegetaciones) por formas inventadas por los seres humanos a su voluntad puede implicar el colapso futuro del sistema ecológico que constituye nuestro nicho. ¿Cómo reaccionarán los seres humanos cuando adviertan que sus genes son el producto de decisiones sociales o de decisiones secretas de científicos que trabajan para el poder?”.

Eliminando el contexto emocional de sus propios métodos y actividades, la ciencia ha logrado exitosamente ganarse un estatus especial como el único modelo cognitivo neutral disponible para nosotros. Completamente alineado con las metas de una clase media en ascenso, el pensamiento científico ha quedado incrustado en nuestro discurso moderno. Claramente, retar la neutralidad cognitiva de la ciencia nos llevaría a reexaminar las bases epistemológicas de nuestra forma de vida materialista del presente, lo cual tal vez explique nuestra renuencia a librarnos del  mito de la imparcialidad de la ciencia con respecto a la verdad y a la acumulación de conocimientos.

  1. B) La Búsqueda de Control y Certeza

Al comienzo de la revolución científica en los siglos XVI y XVII, Francis Bacon, uno de los padres del método científico, dejó claro el objetivo de la investigación científica y la experimentación: dominar la naturaleza. Sin duda él fue influenciado en parte por las nuevas posibilidades que ofrecían los enormes territorios por conquistar en la era del descubrimiento y la expansión imperial. Hoy en día, a pesar de encontrarnos en un momento diferente en la historia de la Humanidad, la ciencia continúa enfocándose en el deseo de controlar y manipular el mundo natural. La evidencia más clara de esto es nuestra incesante fascinación con la tecnología, desde los automóviles hasta el computador, las cosechadoras o los láser quirúrgicos, todo lo cual aumenta nuestros poderes naturales y nos asegura un control significativo de nuestras vidas cotidianas.   

Mucho de nuestro ambiente natural ahora puede ser manipulado con éxito para crear un cierto nivel de seguridad, comodidad y recursos. Pero nuestro deseo de control también se extiende al tiempo. Buscamos ser capaces de predecir. Queremos estar seguros de que cada experimento científico va a producir resultados iguales con cada nueva repetición; que cada pieza tecnológica va a funcionar de la misma manera cada vez que la usemos; que cada teoría económica va a permitirnos pronosticar tendencias y por tanto, probablemente, enriquecernos con eventos futuros. 

Aquí encontramos la base de la segunda actitud dominante de la ciencia. Vemos en la ciencia la posibilidad de alcanzar el nivel deseado de predicción a través de su promesa implícita de certeza. El método científico garantiza resultados —los mismos resultados una y otra vez— para la satisfacción de todos los concernidos. Más allá de esto, el progreso científico parece estarse acelerando, lo cual implica que el grado siempre creciente de predictibilidad y control va a ser empujado hacia dominios cada vez más grandes, tanto en el mundo natural como en nuestras vidas sociales y personales.

Continuar afirmando que la ciencia es neutral en presencia dominante de estas actitudes es ciertamente una falsedad. Ahora podemos preguntarnos de forma legítima por qué estas actitudes —y no otras, como la gratitud, el servicio o la generosidad— emergieron como las dominantes en la ciencia. Al reflexionar, sin embargo, encontramos que este hecho no es ninguna sorpresa: la ciencia ganó su superioridad epistemológica actual como parte de una conjunción poderosa entre racionalismo, tecnología, capitalismo e individualismo. El gran aparato del capitalismo y la tecnología de rápido crecimiento durante la Revolución Industrial permitieron que miembros de una clase media en alza acumularan poder, dinero e influencia en el mundo.

En este contexto, el control y la capacidad de predecir eran metas naturales para una ciencia en expansión permanente. No resulta sorprendente entonces, en una era moderna aún regida por el crecimiento económico y la tecnología, que las actitudes de control y certeza ahora sean presunciones virtualmente transparentes en nuestro sentido común científico. Debido a esta transparencia, estas presunciones en esencia no han sido desafiadas. La ciencia ha podido, por tanto, continuar reclamando su altamente deseable, aunque falaz, estado de superioridad epistemológica. 

 

Presunciones sin examinar de nuestro discurso científico 

Pagamos un alto precio por el conformismo con que miramos los principios de la ciencia, que nos trae cada vez una sensación mayor de soledad y de falta de significado. Si nos abrimos a buscar diferentes posibilidades como seres humanos, entonces debemos examinar cuidadosamente no sólo las metas tácitas y las actitudes de la ciencia, sino también las muchas presunciones metodológicas que implica tenerla como modelo cognitivo. 

Es significativo que muchas de esas presunciones aparentemente son aceptadas sin ser cuestionadas, sobre todo porque no existen alternativas aparentes, incluso para los mismos científicos. Es como si simplemente se encogiesen de hombros y dijeran: “¿de qué otra manera podría ser?”. Como veremos, hay una ceguera perturbadora que restringe seriamente nuestras posibilidades. Consideremos brevemente algunas de las presunciones más importantes del discurso científico.  

 

  1. El conocimiento es finito y podemos alcanzarlo

Una de las grandes ilusiones de nuestro sentido común científico moderno es pensar que hay una realidad finita que puede llegar a conocerse en su totalidad. De una manera despreocupada asumimos que es cuestión de tiempo para llegar a conocer todo lo que se puede conocer y, más allá de eso, que la forma en que lo estamos intentando es la correcta. Y, sin embargo, no hay ninguna forma racional de sustentar esta presuposición. No se nos ocurre que puede haber otras formas igualmente válidas de conseguir el conocimiento, y aún menos que algunos aspectos del ser siempre serán un misterio. O tal vez simplemente no nos hemos atrevido a aceptar que simplemente no sabemos. Nos falta la humildad para admitir que nuestro conocimiento es limitado y en algunos aspectos siempre lo será. Un ejemplo de ello es que hemos podido observar tan sólo el 4% de lo que se calcula es el tamaño del Universo, pero lo describimos y sacamos conclusiones como si conociéramos el 100%.

 

 

  1. Un solo nivel de realidad—una sola dimensión de la verdad

La orientación positivista-objetivista de la ciencia moderna nos lleva directamente a una doble serie de presunciones: primero, que sólo hay un nivel de realidad, el material; y, segundo, que éste puede ser objetivamente investigado por medios científicos para producir una serie unificada de verdades integradas. En otras palabras, que LA VERDAD es una sola y se puede alcanzar.   

Una vez más, estamos tratando con presunciones que prácticamente no hemos examinado. Parte del problema parece ser que la ciencia se queda atrapada en la literalidad de su propio pensamiento. La ciencia pone en duda la validez de la información puramente sensorial y, sin embargo, presume que hay una realidad empírica que puede ser conocida objetivamente. En otras palabras, nuestros sentidos nos están diciendo que hay algo más allá de nuestras mentes, mientras la razón nos dice que finalmente este algo debe ser conocido de la misma manera por todos los observadores. 

Esto es tan sospechoso empíricamente como epistemológicamente simplista. Empíricamente, no toma en cuenta la posibilidad de que existan otros niveles de realidad aparte de la material que es comprendida a través de nuestros sentidos. Y, sin embargo, valida todo ese mundo subatómico que no puede ver a través de los sentidos, por ejemplo. Como solía decir el filósofo estadounidense William James, en referencia a lo que él llamaba empiricismo radical, si queremos ser empíricos, hagámoslo por completo. No puedes elegir qué experiencias empíricas quieres incluir o excluir antes de tenerlas.

 Ken Wilber ha señalado en varios de sus libros que todas las culturas han reconocido al menos cinco niveles distintos de realidad: el material, el corporal, la mente, el alma y el espíritu. Muchas personas pueden reportar experiencias que relacionan dos o tres de estos niveles, o incluso todos. Sin embargo, la ciencia occidental sigue insistiendo en que solamente un nivel existe, el material. Por supuesto, la ciencia no tiene por qué investigar ninguno de los otros niveles, pero tampoco tiene ninguna base para negar su existencia.

La ciencia también está siendo simplista al asumir que la razón aplicada a los asuntos relacionados con hechos empíricos constituye el único camino hacia la verdad sobre el mundo y nuestra experiencia como humanos. No hay una base sólida para descartar otras formas de conocimiento —como la intuitiva o la relacionada con prácticas espirituales— que pueden ser más útiles que el análisis racional para examinar estos otros niveles. Dados los múltiples niveles de la realidad, es natural esperar encontrar también múltiples niveles de verdad, incluso con respecto a una misma situación.  

Cuando miras un fenómeno a un nivel, puedes tener una explicación específica que funcione en ese nivel en particular. Cuando cambias de contexto (de nivel, por ejemplo), sin embargo, esa misma explicación puede ya no tener sentido. Supongamos, por ejemplo, que dices estar enfermo por tener un virus. En cierto nivel esa explicación es válida. Pero tal vez también crees que has tenido el virus en tu cuerpo todo el tiempo, y así se amplía el contexto, convirtiéndose la pregunta ahora en por qué el virus te enfermó en este momento en particular. “Bueno, dices tú, supongo que mi sistema inmune se debilitó”. Y, por supuesto, puedes cambiar de nivel de nuevo y preguntar por qué eso pasó: tal vez piensas que estás deprimido por el cáncer de tu padre o porque no estás contento en el trabajo. En cada nivel, en cada contexto, una forma distinta de pensar es válida. En algún punto, el pensamiento científico no puede darnos una explicación satisfactoria. 

En estos días parecemos estar enfrentando más y más situaciones en las cuales la explicación científica resulta insuficiente para los quiebres que se nos presentan. Esto es especialmente cierto en los niveles de la mente, el alma y el espíritu. Entonces, siempre tenemos que revisar la validez de nuestra forma de pensar en términos de las presunciones que estamos haciendo en comparación con el nivel en que la estamos aplicando. Entre más nos movemos hacia la escala del ser, la insuficiencia del tipo de explicación usada en un primer nivel se hace más evidente.

Usemos un ejemplo distinto, uno que ilustre nuestro uso típico del concepto de voluntad como una fuerza explicativa. La ciencia materialista tiende a resistirse a invocar un concepto tan abiertamente mental para explicar el comportamiento humano. Incluso la psicología y el psicoanálisis, los cuales se sienten más cómodos postulando explicaciones no materiales, no están muy seguros de qué decir al respecto.

 Pero vamos a ver. Recientemente me encontraba de viaje en California y vi a dos mujeres de mediana edad en medio de una caminata. El pensamiento que cruzó mi mente en ese momento fue que estaba viendo a dos típicas señoras californianas retiradas. Ahora, la razón por la que pensé esto fue porque las vi vestidas de una forma particular, con su cabello arreglado de una forma particular, y moviendo su cuerpo de una forma particular. Si yo les preguntara “Por qué se visten así?” o “¿Por qué se han peinado de esa forma?”, probablemente me dirían: “Porque lo escogí, porque me gusta, porque siempre lo hago de esa forma”. O tal vez se lo atribuirían al frío o al calor, o a que era lo único disponible en la tienda al momento de comprar.  

En ese contexto, podríamos decir que la razón de su forma de vestirse y peinarse fue su propia voluntad. A ese nivel, su explicación ciertamente tiene validez. Pero, ¿será eso lo único que podemos decir? Seguramente no. Cuando lo pensamos desde un contexto más social, podemos decir que se visten así porque es como usualmente se visten las mujeres norteamericanas de cierta edad y clase social que viven en California. Ambas explicaciones son válidas. Notemos de todos modos que a cada una le falta algo. A la interpretación social le falta el elemento de elección personal o, en otras palabras, voluntad. Mientras tanto, a la explicación individual le falta revelar el sentido en el cual ellas no tenían opción en ciertos aspectos: ellas no eligieron cierta forma de verse en general. Se podría decir que esa cierta forma de vestir las eligió a ellas.

El punto es que las situaciones humanas están sujetas a múltiples interpretaciones válidas, dependiendo del nivel de realidad que elijamos. Por ejemplo, hemos tendido a confiar en la voluntad para explicar el comportamiento humano cotidiano. Esta explicación no es incorrecta, pero tampoco es suficiente.

 

  1. El fenómeno y la explicación

Dentro de nuestro sentido común, una vez que damos una explicación a cierto fenómeno tendemos a creer que la explicación es parte del fenómeno y nos olvidamos que la explicación pertenece a quien está explicando. Esto es muy relevante para todos aquellos que se preocupan por aprender. Podemos incrementar nuestra habilidad de explorar otras formas de explicar cualquier asunto que nosotros (u otras personas) podamos estar enfrentando una vez que seamos libres de la creencia de que la explicación forma parte del fenómeno.

También hay una presunción tácita aquí de lo que podríamos llamar observador universal. Explicación=Conocimiento=Verdad, y únicamente una serie de verdades pueden ser válidas para un fenómeno dado. Pero, de nuevo, esta presuposición no tiene base alguna. Como hemos estado mostrando, diferentes verdades (o interpretaciones basadas desde un punto de vista diferente) emergen a diferentes niveles, o incluso al mismo nivel. En otras palabras, múltiples observadores válidos pueden convivir juntos, cada uno contribuyendo con algo distinto para una comprensión más completa del fenómeno.    

Cuando nos olvidamos de lo que estamos explicando y nos ponemos a pensar que la forma en que lo estamos explicando es como realmente es, dejamos de estar conscientes de nosotros mismos como observadores. Nuestras presunciones, nuestros antecedentes culturales y nuestros discursos históricos y sociales se vuelven invisibles para nosotros. Todas estas dimensiones son factores que tienen una tremenda influencia en nuestras explicaciones de lo que vemos. No somos los observadores puramente objetivos que nos gusta pensar que somos.

Las explicaciones nunca son inocentes o neutrales. En principio, siempre nos inclinan hacia una serie de acciones en particular, aunque casi siempre nos mostramos ciegos ante esta forma de movernos. Supongamos que yo digo que mi hija sacó malas calificaciones en el colegio porque ella le cae mal a una profesora, o porque ella no estudió, o porque ella tiene una discapacidad de aprendizaje, o porque su inglés no es muy bueno. Cualquiera de estas explicaciones nos trae una serie completamente distinta de acciones posibles.

Para usar un ejemplo totalmente diferente, imaginen comparar diferentes explicaciones sobre cómo vuelan los pájaros. En la Antigüedad decían que un pájaro podía volar porque tenía un alma voladora. Hoy decimos que es por el movimiento del aire que pasa por sus alas y demás. La segunda explicación nos da el poder de construir aviones. La primera no, pero sí podría abrir una reflexión filosófica y espiritual que podría estarle faltando a la otra. Nuestra explicación está conectada con nuestra capacidad de acción.

 

  1. Explicación y significado

Explicar es una actividad humana muy poderosa y omnipresente. Tiene un impacto muy directo en nuestra capacidad de acción, lo cual es evidente. Pero así como tendemos a perder de vista un fenómeno dándole más importancia a la explicación, también asumimos que la explicación contiene un significado, y una vez hallado, nos detenemos, no vemos más allá. Decimos: “Yo sé por qué o cómo pasó determinada cosa y eso tiene tal significado. Y punto”. Haciendo esto confundimos el conocimiento explicativo con el significado. Pero si prestamos atención de cerca, podemos darnos cuenta de que el significado NO reside en la explicación. El problema radica en que el significado no es una construcción meramente conceptual, es un lugar emocional que aparece cuando algo tiene importancia para nosotros. Si las explicaciones nos dan poder al señalarnos diferentes acciones posibles, el significado nos da poder motivándonos a actuar.

En el mundo de la modernidad todo se puede explicar mecánicamente. Pero el sentido o significado de las cosas requiere una mirada de otro nivel. Como decían los pensadores Harman y Sahtouris, la ciencia nunca entendió la vida, entendió ciertos mecanismos… La ciencia señala que esta célula produce tal cosa, aquella célula tal otra, pero nunca explicó la vida. Que tú expliques los mecanismos del ente vivo no significa entender la vida: encontrar el significado o el sentido de la vida corresponde a una dimensión diferente. Por ejemplo, la ciencia descubre que las galaxias se atraen, pero que esta atracción no logra explicarse con la materia que nosotros vemos. La explicación es la existencia de una materia oscura.

Ahí tienes una cosa extraordinaria: si lo miras desde un punto de vista mecánico, eso explica la atracción galáctica, pero si lo miras desde un punto de vista espiritual, puedes verlo como que lo oscuro y lo claro pertenecen a la vida, y podríamos entrar en un tema bien espiritual al señalar que los viajes profundos a los espacios oscuros en la vida humana producen el sufrimiento y a veces una gran claridad en el otro lado. Entonces tu puedes tomar eso en un sentido completamente distinto a como lo explica la ciencia.

 

  1. Causalidad lineal

En nuestro sentido común científico, tendemos a explicar las cosas en términos de causa y efecto, y más allá de eso, a asumir que solamente existen causas materiales. El pensamiento sistémico (que contempla el todo y sus partes, así como las conexiones entre éstas) ha comenzado a señalarnos las grandes limitaciones de nuestra creencia en la causalidad lineal como la única forma de explicación para cualquier fenómeno. Pero nuestro sentido común científico permanece en su mayor parte inflexible en lo que respecta a la materialidad de las fuerzas naturales. Y aun así, muchos estudios serios sobre la conciencia nos están dando evidencia de que hay más fuerzas que las puramente materiales, que la conciencia tiene sus propias leyes no materiales, incluso si no las podemos ver a través de patrones particulares de células cerebrales.

 El pensamiento sistémico tampoco refuerza las causas finales que Aristóteles propuso —y que vimos en un capítulo previo— y que desaparecieron de la ciencia una vez que Descartes cuestionó su validez. Sin embargo, una vez que vamos más allá del nivel puramente material, y nos movemos en la cadena del ser, podemos comenzar a reconocer la eficacia explicativa de la causalidad teleológica, es decir, su fin o su propósito. No existen a priori bases para excluir las causas finales al estudiar fenómenos de la mente, el alma o el espíritu. Más bien al contrario, como muchos investigadores han mostrado: postular este tipo de causa muchas veces crea una mejor explicación y nos entrega una visión más amplia, y a veces incluso sabiduría.

En este aspecto, ¿realmente nos vemos forzados a asumir, como cada físico y biólogo desde Darwin, que el Universo, la Tierra en sí y todos sus habitantes hemos evolucionado de una manera completamente aleatoria sin ningún propósito ni diseño? El asunto del diseño ha comenzado a preocupar de nuevo a cosmólogos recientemente, pero hasta ahora hay pocos indicios de que la comunidad científica quiera levantar la implícita prohibición respecto  a considerar que el Universo tenga un propósito.

 Revisemos lo que hemos estado diciendo sobre el sentido común científico:

Hemos estado sugiriendo que nuestro discurso científico privilegia ciertas formas restrictivas de comprensión que disminuyen considerablemente tanto nuestra forma de saber como nuestra forma de conectarnos con el mundo. Invalida una gran parte de la experiencia humana común, y devalúa el conocimiento intuitivo, estético, psíquico y espiritual. También considera al cosmos estéril y sin propósito, por tanto, separándonos de una enorme fuente de significado potencial. Como resultado, nos sentimos empobrecidos, dándonos cuenta de que basamos nuestras ideas, juicios y acciones en una idea incompleta de lo que es la experiencia humana. Al mismo tiempo, abrumados por el enorme prestigio y poder que tiene el pensamiento científico, y la aparente credibilidad de sus explicaciones de los fenómenos humanos, nos sentimos impotentes, inseguros con respecto a las alternativas que tenemos para lo que podría ser un nuevo sentido común actual, y ciegos ante la omnipresencia de este pensamiento científico en nuestra experiencia diaria y nuestra visión del mundo.   

Esta insuficiencia del sentido común científico nos lleva a examinar más de cerca algunas de sus presunciones metodológicas subyacentes. En particular, encontramos razones para cuestionar los límites del conocimiento, la existencia de un solo nivel de realidad y de la verdad, la identificación de un fenómeno con nuestra explicación del mismo, el confundir la explicación con el significado y la postulación de la causalidad lineal como una forma de explicación. Lo más importante de todo es que expusimos la falacia de la supuesta primacía y neutralidad epistemológica de la ciencia, sugiriendo más bien que la ciencia ha perseguido el conocimiento siempre desde tres actitudes principales: predicción, control y certeza, con el poder y dominio de la naturaleza como objetivos.

En cada caso, entonces, estas presunciones pueden ser vistas, máximo, como seriamente restrictivas, e incluso simplemente falaces y sin una base que las apoye. Estando juntas, vemos cómo limitan radicalmente la visión de la ciencia como modelo para comprender la experiencia humana, sus acciones y posibilidades. Necesitamos algo nuevo aquí.   

Digamos, por otra parte, que el propósito, el sentido de la existencia, es un tema que parece eludir a la ciencia, y esto se debe a que el propósito o sentido es fundamentalmente una función valórica, y los valores —según esa percepción— pertenecen y deben ser entendidos a través de la filosofía y no de la ciencia.

 

Una apertura de la ciencia, que se desafía a sí misma

Si nuestro sentido común se nutre de los paradigmas impuestos por la ciencia objetivista y determinista fundada en los siglos XVII y XVIII, los físicos en el siglo XX y comienzos del XXI entregan una visión del Universo revolucionaria y fascinante, que desafía muchos de los postulados centrales que la física clásica venía sosteniendo desde entonces.

La ciencia moderna, particularmente la gente que está estudiando la física cuántica, empieza a romper con la vieja epistemología de la ciencia, con investigadores que empiezan a pensar: “Amigos, parece que el asunto es más grande que nuestras explicaciones y el materialismo es un limitante demasiado extremo”.

Estamos viendo en la ciencia signos de evolución hacia un nuevo discurso. Yo veo que dentro de la misma ciencia ya se empiezan a producir cuestionamientos del paradigma y se han conseguido cosas fantásticas. Por supuesto que hay sectores que van a morir “con las botas puestas”, pero ya hay sectores de la ciencia que empiezan a mirar más allá y han generado una verdadera revolución en la forma de concebir el Universo.

El físico austriaco Fritjof Capra es uno de los científicos que considera necesario un cambio de paradigma en la ciencia. “Para contribuir significativamente al gran desafío de generar un futuro sostenible, los físicos necesitarán reconocer que su ciencia jamás dará lugar a una ‘teoría de todas las cosas’, sino que es tan sólo una de las muchas disciplinas científicas necesarias para comprender las dimensiones biológica, ecológica, cognitiva y social de la vida”, dice.

“Los nuevos descubrimiento exigen profundos cambios conceptuales del espacio, del tiempo y de la materia, que modifican la visión del mundo mecanicista introducida por Descartes, que separó al hombre de la naturaleza”, según Capra.

Cuando hablamos de nuestro sentido científico actual nos referimos a la ciencia que se enseña en el colegio, y que es una ciencia absolutamente materialista, privada de sentido. Pero está apareciendo otra ciencia, llena de nuevas interpretaciones sobre la realidad y llena de nuevas posibilidades para la conciencia humana. Es por eso que sostenemos que esa apertura que nosotros preconizamos no es de ninguna manera contra la ciencia y, por el contrario, va a ser junto con la ciencia.

La teoría cuántica, que busca la naturaleza última de la materia, ha demostrado que algunos conceptos que la física clásica considera como irrefutables, resultan insuficientes para aplicar al mundo subatómico, un universo a una escala tan minúscula que no es percibido por los sentidos y solamente es detectado a través de las consecuencias de determinados resultados. Esto genera un desajuste, pues entre más se adentran los científicos en la profundidad de la materia, más es necesario abandonar las ideas y los métodos que se conocen hasta ahora.

 Mucha de la teoría moderna de la física, como la espuma cuántica, los agujeros de gusano, la teoría de cuerdas y la no localidad han estremecido los cimientos de la física clásica, haciendo que la información empírica sirva apenas como un punto de partida para los elevados vuelos que la imaginación científica emprende en sus intentos por encontrar una historia coherente acerca de los aspectos más misteriosos de la naturaleza.

La llamada teoría de cuerdas, por ejemplo, explica toda la materia del Universo como pequeñas partículas de energía que vibran como la cuerda de una guitarra. Esas partículas vibran de diferentes maneras para formar todos los componentes de la naturaleza, lo que haría del Universo una especie de sinfonía cósmica.

Por su parte, los agujeros de gusano (que son teóricos) son un atajo en el continuo del espacio-tiempo que se producirían por la hipergravedad y que permitirían viajar en segundos a distancias siderales. Este modelo teórico no es ni más ni menos que una máquina del tiempo. 

La física cuántica se ha convertido para los científicos en una verdadera caja de sorpresas, con descubrimientos que no solamente tienen implicaciones para la ciencia misma al desafiar preceptos de la física clásica que se creían inamovibles, como el tiempo y el espacio, sino que ha generado una revolución en el pensamiento filosófico sobre lo que llamamos realidad.

Para entrar a ver estos desafíos de la física cuántica, déjenme recordar algunos de los postulados básicos de la física clásica.

La física clásica ve la realidad de una manera determinista (el Universo funciona como una máquina donde todos los objetos pueden ser estudiados para poder predecir su comportamiento posterior); con continuidad (cada movimiento es continuo en tiempo y espacio); objetivista (la realidad es independiente de nosotros como observadores); materialista (todo está hecho de materia) y localidad (la acción de un objeto se propaga de una manera lineal en tiempo y espacio hasta afectar a otro objeto).

Si al final del siglo XIX la partícula más pequeña era el átomo (que etimológicamente significa que no se puede dividir),  la física cuántica, que empezó a abrirse paso en la primera mitad del siglo XX, descubrió elementos aún más pequeños, que además se comportan de una manera “extraña”. De una forma muy resumida, los científicos descubrieron que los electrones y otras partículas subatómicas a veces se comportaban como onda y a veces como materia, y que su posición no se podía predecir. A lo más que se podía aspirar era a establecer posibilidades de que dicha partícula estuviera acá o allá en un momento determinado.

Un experimento, llamado de la doble rendija, dejó perplejos a los científicos: al bombardear una pantalla con electrones a través de una placa con dos rendijas, el comportamiento del electrón correspondía al de una onda, como el agua, por ejemplo. El patrón que registraba la pantalla tras el bombardeo de electrones sólo podía lograrse si el electrón pasaba simultáneamente por las dos rendijas de la placa. ¿Se dividía el electrón para pasar por las dos rendijas? ¿Cómo podía ser esto?

Para más perplejidad, cuando se puso en la entrada de las rendijas un aparato para poder ver el paso de los electrones, éstos dejaron de comportarse como ondas y lo hicieron como materia, con lo cual el patrón en la pantalla cambió por completo. Y la conclusión de este experimento es que las partículas subatómicas tienen la propiedad de estar en varios lugares al mismo tiempo y se concretan en un punto determinado... ¡sólo cuando se observan o se miden! Lo cual quiere decir que su existencia en un punto determinado depende del observador. La realidad de esa partícula depende de la observación que se hace de ésta.

Dicho de otra manera, estas partículas —tan diminutas que su existencia sólo se intuye por el rastro que dejan en los aceleradores de partículas— existen como materia solamente a partir del momento en que son observadas. En ese momento la onda de energía (invisible) se convierte en algo material. El observador es quien crea algo por el simple hecho de observarlo. Este comportamiento desafía toda la lógica con que vemos el mundo, y se requirieron décadas y cientos de experimentos para mostrar que la cosa funcionaba así.

Esta conclusión está en línea con la creencia de muchas culturas antiguas, que afirmaban que no estamos separados de lo que observamos. Además, rompe con todo el esquema sujeto-objeto de la ciencia clásica.

Desde 1935, el físico Erwin Schrödinger notó una propiedad peculiar en la materia subatómica a la que llamó ”entrelazamiento” (entanglement, en inglés).  Esto es que existen partículas que pertenecen a un mismo sistema y que están conectadas, aún si están lejos unas de las otras, como si fueran parte de un todo indivisible. 

Un experimento del físico francés Alain Aspect, en 1982, confirmó esa propiedad de las partículas. Trabajando en el entrelazamiento cuántico, Aspect demostró que si una partícula es dividida en A y B y se llevan a distancia la una de la otra (puede ser un metro como un millón de kilómetros), cuando se aplica una acción que modifica a A en un lugar, B registra el mismo cambio de manera simultánea. Según Aspect, estas partículas son capaces de comunicarse de manera instantánea unas con otras independientemente de la distancia que las separa, lo que ha sido calificado como un caso de teletransportación.

Muchos años antes de este experimento de Aspect, la intuición le sugirió al físico danés Niels Bohr que el motivo por el cual las partículas subatómicas quedan en contacto, independientemente de la distancia que las separa, reside en el hecho de que su separación es una ilusión. En un cierto nivel de realidad, tales partículas no son entidades individuales, sino extensiones de un mismo "algo" fundamental.

Si la separación entre las partículas subatómicas es sólo aparente, eso significa que, a un nivel más profundo, todas las cosas están conectadas infinitamente. Los electrones de un átomo de carbono del cerebro humano están conectados a las partículas subatómicas que se encuentran en cada águila que vuela, en cada cerebro que piensa y en cada árbol sobre el planeta.

Albert Einstein fue un escéptico con las implicaciones de la mecánica cuántica, y durante muchos años mantuvo un debate público con Bohr acerca de cómo interpretar los resultados de ciertos experimentos de la física cuántica, y consideraba que esos resultados tan desafiantes se debían a que no se había avanzado lo suficientemente para encontrar alguna explicación coherente con los postulados de la física clásica. No podía concebir un mundo en que la realidad no pudiera predecirse y sólo pudieran calcularse probabilidades, y lo expresó en su célebre frase: “Dios no juega a los dados con el Universo”. Y, sin embargo, las investigaciones hasta ahora siguen manteniendo los postulados de la física cuántica y han desmentido a Einstein. Por cierto, Bohr, uno de los grandes artífices de la física cuántica, contestó a Einstein diciéndole: “Señor Einstein, deje de decirle a Dios lo que debe hacer”.

La física española Sonia Fernández Vidal, experta en física cuántica de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN, por sus siglas en inglés), es una científica muy consciente de cómo todos los cambios aportados por esta nueva ciencia impactan en el pensamiento y en la forma de interpretar el mundo.

“Las partículas fundamentales se comportan de una forma extraordinaria, casi podría decirse mágica. Pueden atravesar paredes, pueden teletransportarse, pueden estar en varios sitios al mismo tiempo; las cosas son blancas y negras al mismo tiempo, y una partícula cuántica puede tomar el camino de la izquierda y el de la derecha simultáneamente. Esto choca con nuestro pensamiento lógico y lineal; hay muchas cosas que no se pueden comprender”, dice Fernández Vidal.

“La física cuántica fragmentó esa estructura de pensamiento de los científicos mecanicistas, porque los quitó de ese altar de conocimiento completamente objetivo y los interrelacionó con el mundo que intentaban describir. Es decir, si al observar un experimento o no observarlo estás modificando el resultado, ¿cómo los científicos pueden definir lo que es la realidad? Ya no disponemos de esa capacidad que teníamos antes de decir ’bueno, la ciencia es objetiva plenamente y, por tanto, puede describir esa realidad’, sino que debemos enfrentarnos a una realidad donde múltiples posibilidades están existiendo simultáneamente. Y debemos aprender a trabajar con este universo tan fantástico y a la vez tan chocante con nuestro sistema lógico de pensamiento”, agrega.

¿Cómo enfrentar esta nueva forma de ver la realidad?

La física española cree que “de momento, la ciencia está muy lejos de explicar todos estos fenómenos. Pero lo que sí es cierto es que así como los científicos de finales del siglo XVIII creían estar explicando la verdad con la ciencia, una de las cosas que nos ha brindado este cambio de paradigma con la física cuántica es que al menos estamos conscientes de que no estudiamos la realidad o esa verdad ultima, y eso nos da, en cierto modo, una lección de humildad”.

Y concluye señalando que “una de las cosas que nos regala este cambio de paradigma, es que el Universo ya no funciona como una maquinaria enorme donde todo está predeterminado y en donde queda la sensación de que nosotros jugamos un papel insignificante. Ahora nuestra observación y nuestra conciencia juegan un rol fundamental en esta visión del Universo.  Creo que eso es bonito y poético”.

Sobre esto mismo, el galardonado físico británico James Hopwood Jeans señala que “el conocimiento se enfrenta a una realidad no mecánica: el Universo empieza a parecerse más a un gran pensamiento que a una máquina. La mente deja de parecer un intruso accidental en el reino de la materia... deberíamos, en cambio, honrarla como la creadora y gobernadora del reino de la materia”.

Es esa idea de un mundo interconectado la que inspiró al biólogo Rupert Sheldrake en su teoría de los campos mórficos, que postula la existencia de un patrón o estructura energética que organiza la vida de los miembros de todas las especie existentes.

“La materia ya no es el principio explicativo fundamental. Ahora son los campos y la energía. La propia materia se compone de campos y energía. Y, según la física moderna, en toda la naturaleza están presentes esos campos invisibles alrededor de los cuales se organizan todas las cosas, incluida la materia”, dice Sheldrake.

“Algo que me interesa desde hace años son las formas de conciencia más allá del nivel humano. ¿Y si todos los niveles del Universo tuvieran algún tipo de conciencia? ¿Y si los planetas, las estrellas y las galaxias fueran conscientes? ¿Y si todo el universo estuviese lleno de conciencia, en lugar de ser simplemente materia inanimada? Para mí, es la perspectiva más interesante de la ciencia. La idea de que el universo es inanimado e inconsciente es una mera presunción de la teoría mecanicista de la vida y la naturaleza. Y esa propia teoría no es más que un dogma que era útil en el siglo XVII y ha sido un método de trabajo productivo para la ciencia durante bastante tiempo. Pero creo que ha llegado el momento de superarlo. La existencia de otras formas de conciencia de niveles superiores en el Universo es una cuestión que la ciencia todavía no ha empezado a explorar, pero creo que lo hará tarde o temprano”, concluye.

Todos estos nuevos conceptos y teorías pueden derivar en una nueva forma de ver nuestro Universo, y, sin embargo, ese nuevo discurso científico no toca todavía el pensamiento de la humanidad. Por eso decimos que las raíces de nuestro sentido común se encuentran más en el siglo XIX que en el siglo XX. 

 

Conclusión y utopía

A pesar de sus muchos triunfos y logros claramente benéficos, nuestro pensamiento occidental moderno parece de muchas maneras haberse agotado a sí mismo. Su cosmología se ha empobrecido: su ontología, epistemología y ética son simplemente insuficientes para resolver la crisis en que nos encontramos. Lo que necesitamos es un salto de conciencia que puede venir desde la misma ciencia.

Podemos terminar con una pregunta: ¿Cómo hubiera sido una ciencia al servicio de la generosidad? ¿Podemos imaginar un escenario así?

Una ciencia basada en la ternura y envuelta en la generosidad, haría que pensáramos e hiciéramos las distinciones sobre el mundo desde un espacio natural de cuidar, de acoger, de preservar. Pero una ciencia que se funda en una lógica que pretende estar desprovista de toda emocionalidad, lo que está haciendo es describir y explicar un mundo ajeno y separado del que sabe, de su natural cuidado y amor por la Madre Tierra y por la existencia toda.

 Si yo conozco mi jardín desde la ternura, mi ser con el jardín es totalmente diferente si mi conocerlo sólo tiene una intención de beneficio económico, por ejemplo. En un caso soy parte de él. En el otro, un mero usuario de un "recurso" natural. 

Otro ejemplo: la cultura piel roja en Estados Unidos tenía una tremenda devoción por los búfalos, y cuando sus miembros cazaban uno, realizaban una ceremonia en que agradecían a la vida por el animal sacrificado. Cuando pasaban los primeros trenes que se establecieron en Estados Unidos, desde los convoyes los cowboys disparaban a los búfalos y los mataban por deporte. Los nativos norteamericanos y los cowboys conocían a los búfalos, pero desde una emoción totalmente distinta. Para unos eran benditos, tenían que ver con el espíritu de la vida. Para los otros eran animales al servicio de los humanos.

Si la ciencia mirara el mundo desde un saber y un crear con ternura, estoy seguro de que haríamos cosas muy distintas.

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